Fallece en Busto de bureba, el día dos de noviembre de 2004, Concepción Armenteros. Nuestro más sentido pésame a la familia. Que descanse en paz.

 

A Conchita Armenteros

 

Anteayer me llamó un amigo de Busto y me contó que había muerto Conchita. La noticia no me cogió de sorpresa. La última vez que la vi, este verano, estaba muy delgada, casi transparente. Pero su aspecto no fue lo que más me preocupó. Conchita, a la que siempre recordaba como una mujer llena de vida, se estaba apagando poco a poco. Aunque había sido una gran conversadora apenas si tenía ganas de charlar y cuando lo hacía era para hablar de la muerte, de la soledad, de la vejez. Ella que mantuvo el espíritu joven casi hasta el final se había rendido a su enfermedad. Se había vuelto vieja de repente.

Siempre conservaré esa última imagen de ella pero prefiero recordarla como era antes de caer enferma. Con sus problemas, como todos, pero con otro ánimo. El ánimo de una persona que amaba profundamente la vida y que se rebelaba contra los años que inexorablemente le caían encima. Aún después de los 80 años le gustaba ir a la piscina del pueblo, donde seguramente era la decana de los bañistas, con su eterno cigarrillo en los labios. Y hablando, siempre hablando. Sobre todo con gente más joven, "porque los viejos sólo dicen cosas tristes". Esas mismas cosas tristes que en los últimos meses habían ensombrecido su alma.

También me queda de ella el recuerdo de su profundo amor por Busto. Y su participación constante en las actividades de la Iglesia, donde siempre era voluntaria para pasar el cepillo y para hacer las lecturas. No puedo evitar emocionarme al recordar cómo leía las sagradas escrituras, dando le a cada frase el giro y la entonación precisas. Con su voz grave, cascada por los años y el tabaco, y con la profesionalidad de una locutora.

Además de leer, a Conchita le gustaba escuchar la radio y se lamentaba de no tener unos años menos para iniciarse en el mundo de Internet. Me da mucha pena que no pueda ver terminado el centro cultural que se está edificando en el pueblo y que según tengo entendido va a contar con ordenadores. Seguro que de haberse construido antes ella hubiera intentado adentrarse en el ciberespacio. También le gustaba la música y en ese terreno demostraba una vez más lo joven de espíritu con su pasión por Joaquín Sabina.

Conchita se valió, precisamente, de una estrofa de Sabina para definirme en cierta ocasión cómo le gustaba a ella andar por la vida: "Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron. Y más de un bofetón".

Un beso fuerte, Conchita. Que donde quiera que estés encuentres buenos compañeros de tertulia en torno a una taza de chocolate.


Un hijo del pueblo